El arte vive en soledad, pero lo difunde la globalización

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Ángel González

Nunca he dejado de imaginarme que sucedería en un “Mundo Perfecto”. Una expresión que no deja indiferente a los pensamientos filosóficos ni del propio Clint Eastwood. Sí, recuerdo aquel film que dirigió y protagonizó en 1993, donde el bien y el mal se entremezclaban absortos en el pasar del tiempo y de una época. Junto a frases, situaciones y decisiones erróneas alcanzabas un clímax que se resumía en preguntarse: En un mundo perfecto…

La vida y el tiempo son imperfectos. Somos capaces de adornarlos a nuestro gusto pero no dejan de ser un valor positivista que nos hace pensar que todo está bien y así debe funcionar. La música forma parte de esa imperfección maquillada que vivimos, y es agradable lo admito, porque es más fácil nadar a favor de la corriente que dejarse cautivar por lo impopular. Lo curioso es que si éste se transforma en popular dejará de tener ese valor minimalista que ayuda a más de uno a sentirse diferente, incluso llamémoslo elitista. Porque nos gusta creer que las cosas son nuestras y de nadie más. Porque lo que mueve masas nunca podrá tener la pureza que desprende lo oculto a ojos masificados, a oídos dañados por la reiteración de notas y sonidos repetitivos que enmarcan las generaciones y movimientos culturales.

¿Alguien es capaz imaginarse un concierto de Bruce Springsteen donde las entradas no se agotaran y que el mismo día de concierto pudieran adquirirse sin más? Pues yo viví ese instante en la ciudad de Barcelona, y no hace tanto de ello. Hoy en día esta opción no es posible pues antes de ponerse a la venta ya prácticamente están agotadas y con meses de antelación (y no importa ni el precio ni el día). Es un valor de marca globalizada. Compramos, o mejor dicho escuchamos, música que suena hasta la saciedad hasta en los propios anuncios, capaces de volver popular hasta al más desconocido. No importa lo bueno o malo que sea porque solo necesitas que 10 personas digan que es brillante para que después sean 100, después 1000, y así hasta convertirlo en uno de los mayores hits en las “radio-fórmulas”, en iTunes, Spotify y convertirlo en hashtag para la red. El arte es difusión, y por defecto es globalización.

Qué sucede con la soledad del artista y de su propia creación. El arte no termina siendo sinónimo de nada, ni de expresión, porque hacerlo en soledad deja de tener un valor añadido de comunicación. La cultura, el arte, la música es un proceso de comunicación y comunión entre el creador y quien la observa interiorizándola, porque si no es así deja de tener sentido. Decir esto no equivale a ser popular sino a tener una interacción juntos, la popularidad solo es sinónimo de éxito comercial, alcanzar en algún momento la etiqueta de disco de oro, o platino (estos galardones ya cotizan a la baja). Para muchos ese el paso a la excelencia y así lo difunden en masa a todos sus familiares y amigos.

Pero la soledad sigue acompañando al arte, porque cuando no encajas en los perfiles sociales dejas de tener interés y sin él dejas de vender, y sin ventas dejas de vivir esa vida para transformarte en un ser anónimo, incluso olvidado. Para ellos siempre queda la oportunidad de que alguno de los famosos, de los consagrados o de los populares diga públicamente que siente admiración, y conseguirá que el populacho admire la obra anónima como arte de culto, solo disponible para los más selectos. Un día se lo comentará a un conocido, después a otro.

Hay quien catalogará al primero como experto conocedor de la música y se aportará un valor añadido. Este proceso se desplegará en masa de forma exponencial y volveremos a la globalización del solitario hasta que la nueva moda nos cambie de rumbo. Pero hay artistas que viven esa soledad con gratitud a la vida, con el placer de permanecer indiferente. Así lo vivió el cantautor norteamericano de origen mexicano Sixto Rodríguez al que su vida le llevo a ser un ciudadano anónimo durante muchos años mientras su popularidad en Sudáfrica lo convertía en mito.

Para el cantautor y pianista inglés Bill Fay, 40 años en la soledad de sus composiciones sirvió para mantener la pureza de sus creaciones, para mantenerse fiel a su compromiso con la vida, para que Jeff Tweedy (líder de Wilco) admire y para que él sea capaz de crear un disco como Life Is People (2012) o Who Is The Sender (2015). A William no le importan las ventas en lo personal pues lo recaudado en las ventas es para la asociación Médicos Sin Frontera). Su vida ha transcurrido entre sus trabajos de jardinero, chapuzas arréglalo todo, reponiendo comida en la sección de pescados de un supermercado y sus creaciones musicales. Porque componer sigue siendo una necesidad humana de crear y de comunicar, una expresión de nuestros pensamientos y sentimientos.