Vivir la vida musical de otros

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Ángel González

No hace mucho revisé una película que siempre me ha gustado. Tal vez no es una obra maestra del cine, ni disponga de un legado musical repleto de hits que la conviertan en un clásico de los musicales. Pero sí es cierto que me atrae en muchos sentidos porque me adentra en una etapa de mi vida, en definitiva de mi autoformación “músico-intelectual”. El film era Rock Star (2001) dirigida por Stephen Herek. El papel protagonista recae en el actor Mark Wahlberg quien interpreta a Chris Cole, solista de una banda tributo denominada Steel Dragon. La admiración que sienten hacia la formación les hace copiar hasta el último detalle emulando a unos ídolos y viviendo en algunas fases la vida de otros. Si bien el film tiene mucho más que analizar en, esta ocasión sólo nos interesa el aspecto referente a bandas tributo.

En este tipo de formación lo indiscutible es la admiración que sienten hacia una formación de éxito. En algunos casos ese fervor les lleva a copiar hasta los mismos movimientos, y en otros hasta buscar el máximo parecido físico. Mirándolo fríamente tal vez es un exceso innecesario y que podría analizarse desde enfoques freudianos. Nosotros no somos psicólogos para ver que detonante lleva al fenómeno FAN hasta estos extremos. Pero la música siempre ha convivido con estos fenómenos icónicos. ¿Quién no se ha imaginado una noche de desenfreno en Las Vegas que termine en ruina total o con una alianza en la mano mientras Elvis pronuncia un -os declaro marido y mujer?

Como se dice popularmente “para gustos… los colores”, y en este aspecto hay gustos para todos, sino que se lo pregunten a todos los que han acudido a alguno de los conciertos de God Save The Queen. Esta banda argentina ha hecho tan suyo querer parecerse a los originales que no han renunciado a nada, incluidas las luces tan presentes en los conciertos de los británicos desde la gira de Killer o el eterno peinado de Brian May. La escenificación es casi idéntica. Su solista, Pablo Padín, es como un clon (incluidos los dientes) del tan ausente Freddie Mercury. Y su música, pues eterna.

Algo osado sería pensar que, como banda tributo, también incluirían en su repertorio canciones del nada popular disco junto a Paul Rogers titulado The Cosmos Rock (2008) pero para eso necesitaríamos una copia del que fuera solista de Free o Bad Company. Demasiado estrés tener que cambiar de aspecto al Padín para convertirlo en otra persona para cantar dos canciones. No quiero imaginarme convertirlo en Adam Lambert (de buena se ha librado al no grabar disco con los Queen actuales).

Lo que sí me sorprende es la actitud que tomamos en muchos sentidos los musicólogos o los fans. Es curioso ver que somos críticos cuando Brian May o Roger Taylor deciden salir de gira con las canciones de Queen pero con otro vocalista. En un primer intento fue el ya mencionado Paul Rogers (veterano músico y amigo), después ha sido un talentoso Adam Lambert. Somos críticos considerándolos usurpadores del legado de Freddie Mercury. Incluso lo asumimos como una ofensa al Olimpo de la música. Pero cuando estamos ante una copia de ellos lo ensalzamos como tributo, incluso nos sentimos emocionados pensando que estamos ante el mismísimo líder espiritual resucitado y reencarnado.

Algunas bandas talentosas no viven del éxito de uno de sus integrantes, y Queen era mucho más que talento. Sus composiciones no pertenecían en exclusiva al vocalista. Incluso en algunas se observan rencillas entre los mismos integrantes llevando a más de uno a ni participar en la grabación de algunos temas o solo hacerlo de forma testimonial. Que May o Taylor decidan que otro les acompañe cantando sus canciones, son libres de hacerlo.

Al final las bandas tributo en muchos casos viven de ser otras personas. Quien aspira a ser uno mismo, con más o menos éxito, deja popularidad de otros para sentir que todo lo que le envuelve son influencias. Como le sucede al Chris Cole en Rock Star, “siempre es mejor ser uno mismo en pequeños clubs, que ser una réplica en grandes escenarios”.