Sangre, sudor y lágrimas

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Regino Mateo

Pues no, no vamos a hablar de lo prometido por Churchill a los británicos, invitándoles a resistir los bombardeos nazis; ni siquiera para contar esa bella historia de la gran pianista Myra Hess convocando en el Museo Británico recitales que ayudaran a sostener cierta sensación de normalidad y a dar fuerzas a los resistentes ¡interpretando sobre todo música de compositores alemanes!.

Porque sangre, sudor y lágrimas, también literalmente, es la traducción de los esfuerzos realizados por quienes aspiran a la excelencia en la interpretación musical. Ese esfuerzo que tan bien se nos cuenta en la película Whiplash, la historia de un joven baterista de jazz en una escuela de élite sometido al poder omnímodo de un genio sádico y arbitrario que le hace sudar, llorar y, horas y horas de estudio, provoca que se le abra la piel y la sangre resbale sobre la batería.

¿Mera exageración dramática? Al margen de la tensión con la que Damien Chazelle nos cuenta esta aventura de choques entre dos fuertes personalidades, de pírrico triunfo de la voluntad, al margen de las excelentes interpretaciones, la película me ha hecho evocar la música real, la de la excelencia a través del exceso, del trabajo constante y exigente, que tan bien definiera al titular uno de sus libros de estudios para piano el italiano Muzio Clementi: Per aspera ad astra , hasta alcanzar el cielo por los caminos más duros. Guiados tantísimas veces por profesores con un punto sádico y que definitivamente no perdonan la indolencia, mucho menos en aquellos en quienes descubren ese raro tesoro del talento.

Les garantizo que el sudor es real (¡cuántas horas de ejercicio mucho más físico de lo que se pueda advertir!), que las lágrimas son reales (¡cuántas frustraciones, cuántas decepciones, qué coraje frente a ese pasaje diabólico que no acaba de salir!) y que sí, hasta la sangre es dolorosamente real (la piel que se abre a percusionistas y arpistas, los labios que se rompen soplando en los metales, los tendones rígidos en muñecas y antebrazos de violinistas y pianistas, las muñecas abiertas, las espaldas deshechas, los pequeños derrames, trastornos respiratorios y dentales…).

Sí, ser músico, ser de los mejores, es una profesión de riesgo que no tiene nada que ver con esa dulce placidez y esa apelación a la diosa fortuna que a veces se nos vende en las operaciones triunfantes y en la obsesión por la inmediatez de nuestros tiempos. Y sólo por eso, a pesar de la estridencia de los cuervos, quien toma posesión de un escenario para procurarnos un instante de música y placer, lo hace desde una dignidad profunda merecedora siempre, alcance o no el sublime objetivo, de reconocimiento, de aplauso, de respeto.

Por favor, vean Whiplash.