El origen del ruido

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Regino Mateo
Portada de "El ruido Eterno"
Portada de "El ruido Eterno"

Nadie me ha pedido recomendación alguna, pero por si acaso allá va una. El ruido eterno, de Alex Ross, desde hace ya tiempo crítico oficial de música de la revista The NewYorker y reconocido con multitud de premios por su trabajo en pro de la llamada música contemporánea.

Se trata de un ensayo ameno, ágil y sobre todo impecablemente documentado y lúcido que nos permite recorrer todo el siglo XX y nos invita a escuchar sus músicas, esas extrañas músicas que para tanto presunto melómano son apenas ruido. Y con humor nos lleva esa idea puede que no tan desajustada (al fin y al cabo ¿qué es el ruido?) ya desde el propio título y sobre todo desde el capítulo introductorio, un capítulo en el que nos lleva hasta Austria, a la ciudad de Graz, en el año del Señor de 1906, para situar el natalicio concreto, exacto del nacimiento de esas nuevas músicas que habrían de aturdirnos a lo largo de todo el siglo: el reestreno (ya se había escuchado cinco meses antes en Dresde) de la ópera Salomé de Richard Strauss (por fortuna para él sin relación familiar alguna con los perpetradores de valses).

No había internet ni comunicación satélite, pero el mundo de la música esperaba con ansia la representación. Una ópera de tema bíblico apoyada en el texto de Óscar Wilde, el maldito, que había sido rechazada por inmoral en Viena. Un Strauss que profundizaba en un nuevo universo complejo, extraño, ajeno a las convenciones románticas y que al fin le acabaría asustando y le obligaría a replegar velas hacia océanos más conservadores y tranquilos. Un universo que, sí, abría para la música las ventanas del ruido. Puccini fue a Graz para escuchar "el  nuevo engendro cacofónico del señor Strauss" mientras los jóvenes cultos de Viena, siempre a la caza de nuevas experiencias artísticas, se agolpaba en el teatro con la partitura bajo el brazo para seguir mejor la obra, entre ellos nada menos que Arnold Schönberg con su discípulo Alban Berg y su cuñado Alexander Zemlinsky. Allí el gran padre del ocaso romántico, Gustav Mahler, el mismo que había proclamado que "para ser escuchados por multitudes en los inmensos espacios de nuestras salas de concierto y teatros de ópera, también nosotros  tenemos que hacer un ruido enorme". Debussy no pudo asistir por enfermedad, pero estuvo pendiente de la representación a través de un corresponsal. De alguna manera, todos los que estaban dispuestos a romper con el pasado, a apostar por una nueva música, estuvieron allí para ser testigos de un éxito sin precedentes y de un final sobrecogedor.

Ese final en el que Salomé toma la cabeza del Bautista, la besa y muere por orden de Herodes en medio de un ruido atronador, de un ruido nunca escuchado sobre un escenario, de un ruido hermosísimo del que habría de brotar la nueva música.